La rentabilidad de los perros de búsqueda: una inversión que salva vidas
La triste situación emocional por la que estamos pasando con la tragedia vivida el pasado 28 de octubre, con el alcance de dos trenes de alta velocidad acontecido en Urda, en la que 24 horas después aún no se habían localizado a todos viajeros, nos lleva a plantearnos la efectividad de los recursos de emergencias disponibles.
Uno de los recursos más eficiente son los perros de búsqueda y rescate en los dispositivos policiales y de emergencias, ya que su capacidad olfativa es enormemente superior a la del ser humano. Según estudios científicos, se estima que los humanos como especie poseen aproximadamente entre cinco y seis millones de células receptoras olfativas, mientras que los perros cuentan entre 220 y 300 millones, aunque estas cifras pueden variar en función de la raza y características del animal. Además, el área del cerebro dedicada al procesamiento de olores en los perros es unas 40 veces mayor, pudiendo identificar y analizar aromas y olores más diversos y complejos.
Por estos motivos, los perros son una herramienta fundamental e indispensable en la búsqueda de personas en situaciones críticas, ya sea consecuencia de un gravísimo siniestro vial, en grandes catástrofes, desastres naturales o en personas desaparecidas (bien por enfermedades mentales como el alzheimer, bien en actividades deportivas de riesgo o en el extravío de niños), así como en los escenarios más variados: zonas boscosas, áreas rurales, estructuras colapsadas o en general, entornos de difícil acceso.
Son situaciones límite en las que la vida de esas personas o la gravedad de sus secuelas, podrían depender de su pronta localización y rápida actuación. La búsqueda con recursos tan actuales como son el uso de drones, cámaras térmicas, geolocalización, visión nocturna y las unidades caninas especializadas, pueden marcar la diferencia de un fatal desenlace. Con ello, no se pretende sustituir en estas búsquedas el factor humano (a los agentes policiales, bomberos o equipos de rescate) ni al resto de medios técnicos disponibles, sino sumar esfuerzos y capacidades, a fin de poder ofrecer una respuesta mucho más rápida y eficiente.
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Recuerdo con especial tristeza y conmoción, una situación en la que la presencia de un perro detector podría haber salvado la vida de un señor de avanzada edad. Este señor salió a pasear una fría noche de inverno, con la mala fortuna de caer en un cañaveral. A pesar de haber establecido un dispositivo conjunto de Policía Local con Guardia Civil, Protección Civil, vecinos voluntarios y familiares, probablemente el déficit de recursos eficientes derivó en la pérdida del varón, hallando su cadáver a escasos metros de su desaparición dos días después. El factor tiempo es muy importante y determinante en estas situaciones.
Desde una perspectiva económica, 'el gasto' que podría suponer la formación, cuidados y mantenimiento de una unidad canina, se ve ampliamente compensado por la disminución de recursos humanos en el momento de la emergencia y por la eficacia del dispositivo. Es decir, no se debe caer en el error de valorar exclusivamente los costes directos que podrían suponer la incorporación de este tipo de unidades al servicio diario, sino que también se ha de valorar el ahorro de recursos necesarios para alcanzar los objetivos propuestos de búsqueda y rescate y la mejora en la capacidad de respuesta y resultados obtenidos.
En este sentido, desde una perspectiva social y emocional, si realizásemos un análisis coste-beneficio, superaría con creces los indicadores estrictamente económicos. El hecho de que un perro de estas características, salvase o contribuyese a salvar una única vida a lo largo de toda su prestación de servicios y el impacto emocional que provocaría no solo en esa familia, sino en toda la comunidad, recompensaría toda su inversión. En definitiva, los beneficios emocionales y sociales difícilmente podrían cuantificarse únicamente en términos monetarios.
Y lo que es incuestionable, es que este tipo de animales poseen unas aptitudes innatas de extraordinario valor operativo: su extraordinaria capacidad olfativa, su rapidez, su precisión y su capacidad para rastrear en condiciones adversas y en lugares complejos, a los que el ser humano no podría llegar o tardaría infinitamente mucho más tiempo. Estas cualidades unidas a un entrenamiento diario y especializado, convierten a las unidades caninas en un recurso de una alta rentabilidad, permitiendo sin duda, mejorar la eficiencia operativa y reducir significativamente los costes económicos asociados a las intervenciones de emergencia.
Y para concluir, puedo afirmar con total convicción que la incorporación de perros a las labores de búsqueda y rescate, no es un coste sino que es una inversión con una alta rentabilidad económica y social.



