Miércoles, 04 de Noviembre de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNEl socialismo: la seducción de una idea que fracasa
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Alfonso González Balanzá

El socialismo: la seducción de una idea que fracasa

 

Hay algo asombroso en la historia política: ninguna doctrina ha conservado tanto prestigio moral después de tantos fracasos como el socialismo. Nació prometiendo superar la explotación, la pobreza y las desigualdades; sin embargo, allí donde se ha intentado sustituir la propiedad privada y el mercado por una economía centralmente planificada, los resultados han sido siempre desastrosos.

 

La Unión Soviética, la China de Mao, Cuba o Corea del Norte muestran cómo la promesa de emancipación desemboca, una y otra vez, en escasez, represión y concentración del poder en una nueva élite burocrática. No es casual: cuando la igualdad deja de significar mismos derechos y oportunidades y exige igualar los resultados, el poder político necesita intervenir cada vez más en las decisiones individuales. Dado que las personas difieren en capacidades e intereses, imponer una uniformidad económica estricta exige recurrir a la coacción. El ideal igualitario inexorablemente muda en autoritarismo.

 

Sus defensores pueden objetar que esos regímenes traicionaron el verdadero socialismo. Pero ¿cuántos fracasos deben acumularse antes de preguntarse si el problema también reside en el modelo? La socialdemocracia europea, sin embargo, ha contribuido a construir sociedades prósperas precisamente al aceptar la propiedad privada, la competencia y la iniciativa empresarial; es decir, por alejarse del socialismo.

 

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¿Por qué conserva, entonces, tanto atractivo esta ideología? Una explicación polémica apunta a dos sentimientos: el resentimiento ante el éxito ajeno y la satisfacción de considerarse moralmente superior.

 

La primera fuente de seducción sería la envidia convertida en exigencia de justicia. No toda desigualdad procede de abusos o privilegios. También intervienen el talento, el esfuerzo y la disposición a asumir riesgos. Reconocerlo puede resultar incómodo para quien no ha logrado alcanzar sus aspiraciones. El resentimiento ofrece una salida tranquilizadora: si otro tiene más, no será porque haya hecho algo mejor, sino porque se ha apropiado injustamente de lo que debería pertenecerme.

 

Así, la desigualdad deja de ser una realidad compleja para convertirse en prueba de culpabilidad. El empresario exitoso resulta sospechoso y su riqueza parece exigir una justificación permanente. En vez de buscar que todos puedan prosperar, las diferentes versiones del igualitarismo pretenden que nadie destaque demasiado.

 

La segunda fuente de atracción es la satisfacción moral. Identificarse con la izquierda puede permitir a alguien verse como más empático y solidario que quienes defienden el libre mercado. La adhesión política se transforma en una cómoda forma de autoestima: no solo pienso distinto; soy mejor persona.

 

Sin embargo, la preocupación por los necesitados no fue inventada por el socialismo. La caridad cristiana había situado siglos antes la atención al prójimo en el centro de la vida moral. Pero su ideal no consiste únicamente en entregar recursos, sino en reconocer personalmente la dignidad de quien sufre, acercarse a él y ayudarlo por amor.

 

Desde esta perspectiva crítica, el socialismo conserva esa preocupación, pero la despoja de su dimensión trascendente y la transforma en un mecanismo administrativo. La solidaridad deja de ser una virtud personal para convertirse en una obligación gestionada por el Estado, y permite sentirse generoso con el dinero de otros. Reclamar mayores impuestos para financiar prestaciones puede proporcionar satisfacción moral sin exigir contacto directo con el necesitado ni compromiso personal con su sufrimiento.

 

[Img #14713]Además, cuando la ayuda se burocratiza, el prójimo se convierte en un expediente y la relación humana desaparece. El beneficiario puede percibir la prestación exclusivamente como algo exigible, desplazando el agradecimiento que suele acompañar a una ayuda personal. Esto no significa negar la legitimidad de los derechos sociales, sino preguntar si la protección pública, cuando sustituye por completo la iniciativa individual, puede debilitar nuestra responsabilidad hacia los demás.

 

Esta preocupación por quienes padecen necesidad tampoco ha sido exclusiva del ámbito religioso ni, en el terreno político, patrimonio del socialismo. También dentro del liberalismo han surgido corrientes preocupadas por corregir las desigualdades que generan las dinámicas del mercado, aunque con propuestas diferentes.

 

En materia de vivienda, por ejemplo, cabe favorecer el aumento de la oferta reduciendo las cargas fiscales y las trabas administrativas que dificultan la construcción, en lugar de concentrar las medidas en ayudas a la compra que, cuando escasean las viviendas disponibles, pueden acabar trasladándose a los precios.

 

Por tanto, las políticas deberían evaluarse por sus resultados. Sin embargo, la ideología actúa a menudo como un corsé que lleva a rechazar propuestas por su procedencia antes de examinar su eficacia, o a tratar de imponer medidas que han fracasado una y otra vez.

 

Cabe preguntarse, en fin, si somos realmente más solidarios por defender un Estado redistributivo, o si hemos delegado en él el ejercicio de nuestra conciencia moral. Esto no quiere decir que todos los votantes socialistas sean envidiosos ni que carezcan de compasión auténtica. Pero invita a sospechar que una ideología puede deber parte de su atractivo a las satisfacciones psicológicas que proporciona, a pesar de sus continuos fracasos.

 

Linkedin: Alfonso González Balanzá

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