Conjunción y consecución
La teoría de conjuntos, rama de la lógica matemática, formula relaciones presentes en muchos campos de dicha ciencia. Entre sus operaciones más conocidas está la intersección: dados un conjunto A y otro B, la intersección contiene los elementos comunes de ambos.
Si tratamos de averiguar cuál es la propiedad característica de los seres vivos, o lo que es igual, cuál es la cualidad fundamental de los fenómenos vitales, y observamos para ello la manifestación de la vida en su forma más simple y rudimentaria -la célula-, notaremos que esta consiste en la facultad de nutrición, en la apropiación e incorporación por el ser vivo de sustancias extrañas y en la asimilación de estas en materia idéntica a su propia masa; la intersección de lo común.
Esta tendencia parece apuntar hacia una expansión indefinida, hacia la invasión y el acaparamiento del cosmos.
Ampliando dicha virtud, podríamos decir que la intersección no es más que el encuentro entre lo propio y lo exterior, la posibilidad de incorporar aquello que inicialmente nos resulta extraño, bien para el beneficio mutuo o para el particular.
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Sin embargo, muchos interludios despóticos han secundado la humanidad, y algunos transformaron las relaciones de confianza y concordia -fruto del respeto al derecho y de la convivencia- en relaciones de subordinación. Los placeres del tirano se antepusieron a costa de interceptar aquello que pertenecía a lo común: la mera existencia compartida, lo unicelular sobre lo pluricelular.
Aunque el vaivén de las conciencias desdichadas nos haga creer que el matón vuelve a tener cabida en estos siglos, la caverna queda lejos y el drama, unido al alarmismo, puede superarse con cierto denuedo.
La catástrofe nos enfrenta a nosotros mismos y a los demás. Contra nosotros mismos, porque pone en cuestión nuestra propia existencia; contra los demás, porque nos obliga a decidir si anteponemos el temor a la concordia, si preferimos replegarnos o exponernos al encuentro con el otro.
Aventurarse hacia la intersección se me figura más beneficioso que la mera reclusión; en la primera actividad se despliegan los espíritus dichosos, a pesar de la aventura uno no escapa de las realidades funestas que se desencadenan de la propia exposición.
Los accidentes ferroviarios de este año ponen de manifiesto hasta qué punto el despliegue técnico, que nos ofrece productos y servicios cada vez más rápidos y baratos, puede entrar en crisis. Pero si anteponemos el miedo a la confianza, ni ferrocarril, ni carreteras... El espíritu que ya estaba constituyéndose en confianza con el otro dará cabida al tirano, y el siervo se sentará y solamente escuchará.
La acción del ser vivo sobre el medio es la condición ineludible de existencia. Pues la vida no es otra cosa que la asimilación de la sustancia externa para incorporarla al organismo. Cuando esta renovación se paraliza, ha terminado el fenómeno que llamamos vida.
Linkedin: Rafael Guillén Navarro




