Viernes, 10 de Julio de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNVan Morrison: del extremo oscuro de la calle al lado luminoso del camino
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Rafael García-Purriños

Van Morrison: del extremo oscuro de la calle al lado luminoso del camino

 

En el verano de 1967, un joven nacido en Belfast grabó una canción brillante, optimista, despreocupada. Hablaba de un amor adolescente, de días de sol y de una chica de ojos marrones. Se titulaba Brown Eyed Girl y acabaría convirtiéndose en uno de los grandes himnos de la historia de la música popular. Millones de copias vendidas, cientos de versiones y una presencia permanente en emisoras de radio de todo el mundo la convirtieron en una de esas canciones destinadas a sobrevivir a varias generaciones. Sin embargo, su autor nunca terminó de sentirse cómodo con ella.

 

Amenazaba con eclipsar una de las carreras más extraordinarias de la historia del rock, y Van Morrison nunca fue un hombre dispuesto a dejarse definir por un solo éxito.

 

Había empezado algunos años antes al frente de Them, una magnífica banda de rhythm & blues, con la que compuso otra de esas canciones inmortales: Gloria, que terminaría siendo versionada por Patti Smith, The Doors, Jimi Hendrix, Bruce Springsteen o U2, entre muchos otros.

 

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Pero nunca pareció interesado en recorrer el camino más sencillo.

 

Creció en una ciudad complicada. El Belfast de los años cincuenta y primeros sesenta. Sin embargo, en su casa había un pequeño tesoro. Su padre poseía una extraordinaria colección de discos de blues, jazz, gospel y soul norteamericano. Mientras otros jóvenes británicos descubrían el rock and roll, Morrison ya estaba absorbiendo toda la música negra americana y mezclándola, casi sin darse cuenta, con las melodías tradicionales de su Irlanda natal.

 

Con el paso de los años recibiría un sobrenombre: el León de Belfast. El apodo hacía referencia, por supuesto, a la fuerza de su voz, una de las más personales que ha dado la música popular del siglo XX. Pero también a un carácter tan brillante como imprevisible. Morrison nunca ha sido un artista fácil. Detesta las entrevistas, desconfía de la industria musical y, en más de una ocasión, ha llegado incluso a abandonar un concierto porque el sonido no era el adecuado o simplemente porque no se encontraba cómodo. Quienes le conocen hablan de un hombre reservado, huraño incluso, obsesionado con la música y completamente indiferente a todo lo demás.

 

Tras abandonar Them, sufrió uno de esos contratos abusivos tan habituales en la industria discográfica de los años sesenta. Para recuperar su libertad tuvo que grabar apresuradamente decenas de canciones sin apenas interés.

 

Entonces, publicó Astral Weeks. El disco apenas vendió unas pocas copias y desconcertó tanto al público como a los ejecutivos de la compañía. Era demasiado libre para el mercado de la época. Jazz, folk, blues, soul y poesía se mezclaban en unas canciones que parecían no obedecer a ninguna regla conocida. Hoy figura, con toda justicia, entre los mejores discos de la historia de la música popular.

 

Dos años después apareció Moondance y, esta vez sí, el mundo empezó a comprender la dimensión del artista que tenía delante. El equilibrio perfecto entre la sofisticación del jazz, la calidez del soul, el blues, el folk irlandés y un sentido de la melodía sencillamente extraordinario.

 

Canciones como Into the Mystic, Crazy Love, And It Stoned Me, Caravan o la propia Moondance forman parte del patrimonio sentimental prácticamente de todo aficionado al rock. Escucharlas es como pasear una tarde de otoño sin prisa por llegar a ninguna parte. Y aún quedaban muchas páginas por escribir.

 

A finales de los años setenta publicó una canción que resume probablemente mejor que ninguna otra su manera de entender la vida: Bright Side of the Road. Muchos la consideran una simple composición optimista. Pero habla de algo mucho más profundo, de la decisión consciente de seguir caminando hacia la luz incluso cuando el camino se vuelve difícil.

 

Años más tarde llegaría otra obra maestra, muy distinta, mucho más íntima. Have I Told You Lately. Pocas canciones de amor han envejecido con tanta elegancia.

 

Have I Told You Lately habla de aprender a valorar el presente. Recordarle a quien camina a nuestro lado que la rutina nunca debería ser capaz de esconder el milagro de compartir la vida.

 

Quizá por eso, cada vez que suena Have I Told You Lately, inevitablemente pienso en Carmen. Después de tantos años, sigo teniendo la inmensa suerte de compartir la vida con ella. Y pocas canciones han sabido expresar mejor ese sentimiento de gratitud serena. Ese “al final del día, debemos dar gracias y orar”. Porque el amor verdadero rara vez se parece a los fuegos artificiales. Se parece mucho más a caminar juntos, después de toda una vida, mientras una voz susurra simplemente: Have I told you lately that I love you?  

 

Resulta imposible encerrar a Van Morrison en una etiqueta. No es únicamente un músico de rock, ni de soul, ni de jazz, ni de blues, ni de folk. Es todo eso al mismo tiempo. Lleva más de sesenta años recordándonos que la belleza puede esconderse en una melodía, en una voz rota por el tiempo o en una frase tan sencilla como "Have I told you lately that I love you?"

 

Y que, incluso cuando el mundo parece empeñado en conducirnos por caminos más oscuros, siempre merece la pena seguir buscando el lado luminoso de la carretera.

 

P. D.

 

Este jueves se conocía la muerte de una de las figuras femeninas que ha dado nunca el rock. Bonnie Tyler abadonaba este mundo con 75 años. El pasado 15 de mayo, cuando ya estaba muy enferma, en esta columna se le rindió un homenaje.

 

Linkedin: Rafael García-Purriños

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